Muchas, muchas de las historias empiezan con una muerte y esta historia no es diferente. Lo extraño, quizá, es que los hechos se refieren a mi propia muerte. Claro que, esto, es más fácil de escribir que de vivir. O de morir, mejor dicho.
Mi ojo derecho me está mostrando en el espejo de la cómoda mientras escucho My Way, de Frank Sinatra. Que qué pasa con mi ojo izquierdo? Pues que está jodido, jodido. Ha volado junto a una parte de mi cabeza. Bueno, eso creo. Porque aun la siento como si estuviera entera. Me arde el agujero de la cara, supongo que por bala disparada, pero la sensación ya no es desagradable. Lo más desagradable de la situación es la humedad. No, no. No me malinterpretéis. No es mi sangre. Es que he empapado los Calvin Klain que me regaló y los pantalones hasta los calcetines. Suele pasar cuando el cuerpo afloja los esfínteres, esos musculitos que hacen que retengamos la orina y algo más pastoso. Hace un momento he notado calor y alivio, pero no huelo nada. Ya no huelo nada.
Bueno. Cambiemos de conversación, porqué está derivando hacia algo demasiado escatológico. Me encanta hablar de gases, defecaciones, insectos chafados, gusanos, vísceras y similares cuando como con los amigos. Pero no cuando me estoy muriendo. Así pues, propongo acercarme a la luz blanca que veo, pero que desaparece; que veo y desaparece. Vaya timo. Solo me muero una vez y alguien deja de pagar la factura de la luz blanca. Ni siquiera veo una pequeña luz roja intermitente que me indique hacia dónde es el infierno. Insisto. Vaya puta mierda de jodida muerte. Ostia y reostia. Me encanta escribir palabrotas. Y aún más decirlas. Me excita. Y, joder, porqué no: si me estoy muriendo… eso es algo que no se hace todos los días, lo de morirse, quiero decir. Y menos con una bala del 22 alojada en la cabeza. Ah, eso! No había mencionado el arma: un precioso Colt 22 con empuñadura de acero y madera. Y silenciador. Fue el regalo que le hice hace unos años. Bueno, el silenciador no. No sé qué bala habría en el cargador, pero lo que está clarísimo es que está ardiendo. No puedo mover las manos ni los pies. Que sensación más desagradable, y vuelvo a insistir. Podría haber gritado “Oye, desátame si he de morir. Ese es mi último deseo. Tengo derecho a un último deseo, no?” Pero claro. Cuando estás vivo y a punto de morir, y no en estado de ‘lavoyagiñarynolagiño’ piensas con la polla y con el estómago. Nunca se me habría ocurrido pedir un ‘desátame’. Pero ahora ya es tarde. Pude descargar los huevos en la boca de mi puta por última vez y llené el estomago con una Doble Whoper XXL que me había traído. Velada perfecta. Ahora noto que me falta la fuerza que se me ha ido entre las piernas, y que tengo dolor de barriga. Claro que, en mi situación actual, podría estar mucho peor, verdad? Podría haber expirado del todo y sin ver la luz. Al menos, de vez en cuando me dejan ver una luz blanca muy intensa. Aunque no sé si está dentro o fuera de mi cabeza, o de lo que queda de ella.
Pero me voy del tema, otra vez. Hablemos de mi vida. Mi, demasiado intensa y corta vida; ahora me doy cuenta. No estaba seguro de si me tocaría morir a los veintiocho, porqué fue uno de los peores años de mi vida, o incluso el peor. Bagdad era el infierno para los vivos. Ahora que tengo treinta y tres, “como Cristo cuando murió, mira qué jodida casualidad”, me doy cuenta de que no. Me toca morir a los 33. Al menos eso me dice la intuición; y la intuición siempre me ha guiado en la vida: la bala, haber empapado la alfombra o el desagradable agujero que me veo en la cara, apuntan a que será así. Por cierto, que no me favorece nada, el agujero quiero decir. Me tendrán que reconstruir ese lado de la cara y trasplantarme un ojo de alguien. Aunque bien mirado, no sé si se eso se puede hacer. Además, no tengo un jodido euro. Solo algunas piezas de arte que ‘recuperé de la guerra’ y que no podré vender a tiempo de que se me cierren las cicatrices. Será muy difícil quitar las marcas. Aunque así quedará más claro que soy un reportero de guerra.
Empiezo a tener frio en las manos, tengo un extraño hormigueo, como si fueran de gomaespuma. Debe ser porque he perdido sangre, claro. Pero no huelo nada, ni óxido ni nada, y eso que debería. La nariz está entera. Por el ojo que ya no tengo apenas sangro, y tengo la bala dentro, no? Esto no me gusta. Me estoy muriendo. Me estoy muriendo. Ostia, que me estoy muriendo. No me quiero morir. Ya no oigo a Franky. No quiero morirme. Que se muera otro. Yo no me quiero morir. Siempre me ha dado miedo morirme. Me acuerdo perfectamente del momento en que supe que yo también me moriría. Tenía sólo cuatro años, y no me hizo ninguna gracia. Supe entonces que mis padres, mis abuelos, mis amigos… todos se morirían. Pero yo me tenía en mucha estima y aprecio. No quería morirme de ninguna de las maneras. Me daba pánico y me da pánico, y ahora me estoy muriendo. Joderrrrr. En el reproductor había casi tres horas de Franky y ya no lo oigo. No quiero morirme. Y menos así.
Vendrá mi mujer y me montará el espectáculo porqué le he manchado la alfombra persa del comedor, la que trajimos de Irak hace cinco años, cuando hacíamos el reportaje para el diario El Mundo con Carlos. Cuando llegue me encontrará en la habitación. Atado en una silla de nuestro dormitorio. Con los pantalones bajados y el rabo fuera. Empalmado. Postura rarísima para morir. Y me dirá que dónde voy con esa pinta y esa cara. Qué porqué me estoy mirando en el espejo de la cómoda. Que soy un egocéntrico y un narcisista. Por eso ella nunca le había dado importancia ni a mi cuerpo ni a mi polla. De eso me encargaba yo solito perfectamente. Ella tenía suficiente con “la mirada de tus ojos marrones, y tu cerebro”. Y me dirá que ahora ya no podrá mirarme nunca más como antes lo hacía. Porque mi cara, mis ojos y mi cerebro son puro desecho. Me convencerá, con razón, de que no podemos permitirnos otro préstamo para arreglarme el careto. Que no es el momento. Las mujeres, ya se sabe, cada una es diferente a la otra y muy complicadas, y por eso me lié con Carlos porqué los tíos no dan tantos problemas con las relaciones, porqué somos más simples, porqué te complacen y lo pasas bien. Hasta que jugando, jugando te atan en una silla mientras te comen y, de repente, te pegan un tiro con una 22 que les habías regalado en una guerra después de una primera vez. Y luego se dedican a sacarte fotos gore con una Nikon profesional. Fucking Flash!
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