Mar, como todos los días, cerro la puerta tras de sí y tomó el ascensor en el rellano del piso dieciseis a las 6:35 de la mañana. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Como muchas otras personas, Mar tiene obsesión por el tiempo.
Su obsesión empezó hace exactamente un año, un mes, siete días y poco más de cuatro horas. Fué entonces cuando un terremoto sacudió su vida. Una vida que, hasta entonces, había transcurrido sin sobresaltos. El sinsentido apareció de pronto, cuando aquella noche entro en su piso de la calle Balmes y lo encontró revuelto.
En la habitación el cuerpo del amor de su vida estaba junto al de un hombre desconocido. Estaban muy quietos, inertes. Mar no oia como el agua de la ducha seguía cayendo. Solo veia a su compañero, desnudo, demasiado quieto, con el cabello azabache revuelto. Hacía solo unas horas había tenido sus cabellos entre los dedos. El otro cuerpo no le importaba. Solo le importaba aquella piel que hacia tan solo unas horas había tenido sobre su propia piel. Ambos dibujaban una extraña postura sobre aquellas sábanas color teja que habían comprado hacía solo dos tardes en el Ikea.
En realidad, de aquella noche Mar solo recuerda dos cosas: el empalagoso olor dulzón de la sangre humana y un enorme 23:37 que el reloj de su mesita proyectaba en rojo sobre la almohada. Ni un minuto menos; ni un minuto más. De alguna manera, aquella proyección se instaló en su cerebro que decidió, sin consultar a la voluntad, no perder de vista ni un instante al enemigo que le arrebato sin aviso a su medio corazón. Había sido él, aunque ninguna ley, tribunal, o juez pudieran condenarlo.
Diecisiete segundos después de salir del ascensor, el portero abrió la pesada puerta de hierro forjado de la finca con un amable ‘buenos días señor’. El clima empezaba a cambiar. Respiró y, tras andar otros noventa segundos llegó hasta el horno de la esquina. “Bondía per matí” le cantó Wendolín. “Lu de sempre?”. Mar miró el reloj y respondió “Con la leche un poco más caliente, por favor”. Quizá hojear los titulares del períodico llevaría hoy un poco más de tiempo del previsto, así que pidió un croissant de mantequilla, “aquel, el más tostado”. El primer desayuno era el refugio privado de Mar, pués era el único momento del día en el que permitía que el olor a pan y a café, la calidez de la voz colombiana de Wendolín hablando catalán, y un buen artículo del diario mecieran su interior hasta detenerlo. Pero sólo durante quince minutos, máximo dieciseis.
El tintineo de las campanillas de la puerta y el aire de la mañana fueron el aviso de que el cronómetro volvía a funcionar. Llegaría en tres minutos y dieciseis segundos a la estación de Padua.
Reconoció las sábanas en la fotografia de portada del Barcelona gratuïto que una repartidora había dejado en sus manos justo antes de bajar las escaleras. “El caso Balmes, en el que la víctima y el asaltante habían forcejeado y muerto, había sido archivado”. Se detallaba que la víctima, un tal Juan Gabriel, con una herida de arma blanca en el abdomen, murió a las 18:49, casi dos horas después de la agresión. Nada más. Mar busco en todas lás páginas, pero no había nada más.
Tras lo que pareció una eternidad, Mar recordó que tenía que seguir respirando y levanto la vista. Debería haber llegado a Plaza Catalunya, pero estaba en la estación de Tibidabo. Miró la hora en el móbil: siete y veintiseis. Su enemigo se la habia jugado… otra vez.
La plaza Kennedy le ofrecería aire fresco para recuperarse. Mientras subia a pie los cientos de escalones pensaba en que cogería el autobús. “El setenta y dos estaraá bién” se sorprendió diciendo en voz alta. Quería releer el mensaje que le había enviado el día en que le mató, dos horas y media antes de que muriera. “Salgo tarde. Reunión con los jefes. Siempre te quiero”. No sabía porqué, pero sus dedos eran incapaces de hacer las sencillas operaciones que borrarían del teléfono, y para siempre, aquella mentira. Lo había calculado decenas de veces y sabía que no serían más de dos o tres segundos. Pero Mar no era capaz. Sus ojos quedaban anegados en el primer segundo de intentarlo.
El murió, pero Mar sentía que le había matado porqué aquel dia no le apeteció volver a casa. Había sido un día horroroso en el trabajo y necesitaba espacio, silencio. Era un pequeña mentira para no preocupar a Gabo mientras intentaba esbozar una nueva sonrisa que le ofrecería cuando regresara a casa. Una pequeña mentira de no más de de siete u ocho segundos. Una mentira que, ahora, despertaría con Mar, viviría con Mar, moriría con Mar.
Si hubiera ido a casa a explicarle que el trabajo no le había ido bién… O, si en vez de enviar un maldito sms le hubiera llamado, Gabo no habría contestado. Mar se hubiera extrañado y habría acabado pasándose por el piso para ver si había olvidado el móbil. Después habrían preparado la cena juntos, y se habrían puesto a leer en el sofa. Y Gabo estaría vivo porqué lo habría encontrado a tiempo. Llamar al 112 habrían sido solo unos pocos segundos, y la ambulacia habría llegado en solo unos pocos minutos. Seguirian los dos vivos, durmiendo juntos sobre las malditas sábanas lisas, de color teja, estampadas en sangre, del Ikea, que no lograba apartar de la mente.
Mar no lo sabe, pero la culpabilidad es su último lazo con Gabo. Contar minutos es no contar nada más, porue és vivir lo mismo, siempre, para siempre. Mar morirá de viejo, pero habrá parado el tiempo. Aun así, Cronos le ha vencido, pero Mar nunca lo sabrá.
Israel Conejero © 2008
