La temida benévola

Presentat a la 3a Edició del Concurs de Relats curts de TMB. Una adaptació de ‘Sin Palabras’.

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Hoy no encuentro las palabras. La tengo enfrente de mí, tal y como he anhelado durante tanto tiempo. Pero ahora, justo cuando ella espera que diga algo, que hable, mi garganta se une a mi lengua acobardada que niega cualquier sonido. Todo yo estoy estremecido ante la oportunidad única de explicarle por qué esperaba que también viniera a buscarme.

Tengo miedo. Creo que tengo miedo. Sabía que cuando viniera a buscarme lo tendría. La muerte siempre asusta. Pero la razón de este miedo es muy diferente a la que había imaginado. Su oscura belleza y su olor nada tienen que ver con mis expectativas. Las personas siempre juzgamos mal. Y el color ámbar de sus ojos…

La primera vez que la vi me encontraba en la destartalada estación de Fabre i Puig. Respiraba despacio, intentando en vano que el aire de miles de personas y de decenas de años no entrara en mi interior. Esperaba el siguiente metro que me llevaría a la siguiente estación, y a la siguiente, hasta el final de la línea roja: Hospital de Bellvitge. Me fijaba en el vacío cuando mis ojos, nublados por miles de pensamientos, se tropezaron con una esbelta figura que no pertenecía en absoluto a aquel lugar. ¿Qué hacía la temida benévola allí? ¿A quién habría venido a esperar? Un afortunado, sin duda. Cruzamos nuestras miradas una fracción de segundo, con respeto, con intriga. Todo parecía enmudecer a su paso. Andaba como si necesitara anclarse en el suelo a cada paso. Y su mirada, casi líquida… Nadie se percataba en ella, a pesar de su vestido, a pesar de su aroma, a pesar de su belleza. Nadie parecía mirarla, ni siquiera verla. Mis ojos volaban de rostro a rostro, a un lado y otro del andén, sin dar crédito a que ni tan solo uno viera lo evidente. Me fije atentamente en cada una de la decena de personas que esperaban allí. Pero no, nadie reparaba en ella. No podía ser cierto, pero lo era.

Pasado un solo instante un hombre parecía haberla visto. Unos cuarenta años y bien vestido, con un gratuito en la mano, una bolsa para el portátil y los papeles. La rutina sobre sus hombros y el brillo bajo sus cejas, con ojos brillantes, acristalados. Sus ojos nada tenían que ver con su exterior; aquellos ojos destilaban desasosiego y desesperación, como si dentro de él hubiera un niño atrapado y perdido. Y la había visto a ella, la había mirado. Cuando fijé de nuevo mi mirada en él, le vi llorar. Su rostro, desencajado hacía un segundo, estaba ahora aliviado. El niño atrapado saltaba de alegría. Muerte y niño atrapado se buscaban como un hijo y una madre. Ella no esperaba a nadie excepto a él. Le había venido a buscar. Se lo iba a llevar. Todo iba a acabar ante mí.

Hoy ‘los silencios hablan’. Que hermosas palabras. ‘Todos los días te veo volver’. Podría parecer que son textos al azar pintados en la pared de la nueva estación de Cornellá. Pero no es así. Es la dalia negra quien los inspira para mí. El mismo día en que nuestros alientos se unieron para siempre, al volver de Bellvitge me percaté de que en realidad me los había dedicado. Fue el día en que me marcó. El Tram acariciaba mis manos con el acero y el aluminio. Mecía mi cansado ser haciendo que las letras bailaran.

Y ya no espero. Hoy el Tram no se mueve. Los relojes no avanzan, están cansados, marcan su propio tiempo.

Su recuerdo viene a mi mente y el tiempo se detiene, como entonces.

Hay silencio. Creo que el reloj se ha detenido.

Es hermosa. Creo que siempre lo ha sido.

Porqué hoy, es a mí a quien viene a esperar mi temida Benévola. Por fin.

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