Sin palabras

No encuentro las palabras. La tengo enfrente de mi, tal y como he anhelado durante tanto tiempo. Pero ahora, justo cuando espera que diga algo, que hable, mi garganta se une a la cobardía de mi lengua que niega cualquier sonido. Todo yo estoy estremecido ante la oportunidad de explicarle lo que siento, por qué la necesito, por qué esperaba que también viniera a buscarme.

Creo que tengo miedo. Tengo miedo.

Sabía que cuando viniera lo tendría. Pero la razón de este miedo es muy diferente a la que yo había imaginado. Su belleza y su olor nada tienen que ver con mis expectativas. Las personas siempre juzgamos mal. Y el color ámbar…

Es hermosa. Creo que siempre lo ha sido.

Estaba sentado en un banco destartalado de la estación, intentado no respirar zotal, mientras esperaba el siguiente tren expreso hacia ninguna parte. Me fijaba en el vacío cuando mis retinas, nublados por miles de pensamientos, se fijaron en una figura que no pertenecía en absoluto a aquel lugar. ¿Qué hacía ella allí? ¿A quién habría venido a esperar? Porqué se notaba que esperaba. Alguien sería afortunado, sin duda. Cruzamos nuestras miradas una fracción de segundo, con respeto, con intriga. Yo no era el afortunado.

Ya no espero. Pero recuerdo como si fuera hoy que, cuando la vi, el enorme reloj que había enfrente de mí marcaba las seis y cuarenta y tres. Como era de esperar, la maquinaria escondida detrás de aquel tesoro de finales del diecinueve giraba las manecillas cansado, marcando su propio tiempo.

Hoy el reloj está parado y hay silencio.

Cuando su recuerdo viene a mi mente, el tiempo se detiene, como entonces. Todo parecía enmudecer a su paso. Andaba como si necesitara anclarse en el suelo a cada paso. Y su mirada, sus ojos de color ámbar… Nadie se percataba en ella, a pesar de su vestido, a pesar de su olor, a pesar de su belleza. Nadie parecía mirarla, o querer mirarla además de mi. Me fije atentamente en cada una de la decena de personas que esperaban allí, pero no. Nadie. No podía ser cierto.

Pasado un solo instante una persona parecía haberla visto. Un hombre, de unos cuarenta y bien vestido, periódico en la mano, un maletín, y la rutina sobre sus hombros; y el brillo bajo sus cejas, con ojos brillantes, acristalados. Sus ojos nada tenían que ver con su exterior; aquellos ojos destilaban desasosiego y desesperación, como si dentro de el hubiera un niño atrapado y perdido. Y la había visto a ella, la había mirado. Cuando detuve de nuevo mi mirada en él, le vi llorar. Su rostro, desencajado hacía un segundo, estaba aliviado. El niño atrapado saltaba entonces dentro de él. Ambos se miraban. Ella no esperaba a nadie excepto a él. Le había venido a buscar. Eran amantes.

Pero no era así. Era más bien el amor de una madre y un hijo.

Ahora lo entiendo. Porqué hoy soy yo quién baja del tren.

Y es a mí a quien ella viene a esperar”.

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